Hay un momento que se esparce en el instante que tu luz atraviesa el ojo de mi pecho. Ahí, justo en ese instante, tan mínimo, tan insignificante, algo también pequeño empieza a germinar. Un resoplo de tristeza aleja un buen momento, pero lucha contra él un pequeño suspiro de aire mental que genera tu sonrisa.
Estamos más allá de aquel momento, ya trascendimos la elegida compañía, lejos, muy lejos. Han quedado los miedos. Solo ahora algo más provoca un grito, algo, un resto similar a migajas, están esparcidos aún en el piso de la memoria, sobre la cual caminamos. Ya no hay respuestas a preguntas armadas por el pasado. En realidad no hay simplemente nada de real en las palabras con las cuales definimos lo real.
Si bien son las mismas palabras , no siempre suenan de tu boca. Es más, muchas veces se nota que el querer derribar el muro de tu rencor solo provoca la ira de tu destrucción. Es como un instante en que estás atrapado por esa mosca molesta y que te das cuenta que cuanto más intentás atraparla, más intenta ella escaparse. Y ahí pensás cómo algo tan minúsculo no puede ser atrapado por algo más corpóreo. Claro, en eso, en esto, en aquello, se compara nuestro momento. Claramente notamos al vernos que transitar no es lo mismo que caminar, y me doy cuenta que la luz que atraviesa el ojo de mi pecho en ese instante proviene del suelo que pisaste y sobre el cual yace, amor.
( Escrito hace varios años...)
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